27.6.20

[Viajes] Los recuerdos, las saudades, el futuro

Escribir nunca es fácil, para mí es sentirme "bien", sentirme de algún modo con esa sensación de tener algo que decir, algo que siento que debo poner en palabras. Tal vez sea este sábado que empecé con libros y con Vetusta, con recuerdos, con más de 100 días en casa, de una vida diferente, en la que tengo esas terribles saudades madrileñas, pero que hoy son saudades por todos esos lugares maravillosos del mundo. Cada uno con sus cosas perfectas y con sus difíciles o tristes, pero cada uno con cosas diferentes, impresionantes, nuevas o con recuerdos.

Tengo días pensando si los recuerdos por plasmar son Londres y Oporto o Marruecos o simplemente las calles de Madrid. Lo más faćil es empezar por el final, por São Paulo o por los recuerdos de lo que no pasará pronto, Oaxaca. Pareciera que agosto y Oaxaca están destinados a no ser.

Estoy oyendo a Vetusta: "ya es hora de replegar las alas rumbo a casa" y pensaba en ello cuando le decía a Adela que me recordaba cuando acá escribí esa serie de despedida madrileña hace ya "todos esos años", pero al final Madrid nunca te deja por completo.

Los viajes, cada uno, nunca se van, nunca se olvidan los paisajes, los olores, los sonidos, aunque a veces nos los recordemos. 

Dice Kapuscinski en "Los viajes con Herodoto":

 “…el viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio. A fin de cuentas, lo que podríamos llamar «contagio de viaje» existe, y es, en el fondo, una enfermedad incurable.”

Así que consideraré que sigo viajando, que seguimos conociendo a través de los recuerdos, de las cosas que se aprenden buscando la dirección de aquel café o el nombre de la música que escuchaba en la orilla del Duero, del recorrido de museo que me dieron en portugués solo a mí, porque no había nadie más en ese día y a esa hora, en la fila de dos horas para probar "las mejores gyozas de Tokio" o los viajes en 2011 en los que sin la libretita de indicaciones no hubiéramos llegado a ningún lado porque vivíamos sin smartphone, a aquellos meseros de un bar de Córdoba que me buscaron la dirección del hostal y casi nos llevaron a la puerta, la noche en el aeropuerto de Roma con mucho frío y un esguince, la tormenta de nieve en una carretera parisina y caer al dar el primer paso en Marruecos, ese rincón de mar en Lisboa y la Torre de Belém, mi querida torre, estar frente a la Moneda y caminar lentamente encontrando a Allende en las calles, el mercado en Oaxaca, sus pueblos y "la plaza más viva de este país", siempre con sus globos y los buñuelos que entran por las ventanas, los viñedos infinitos de la Rioja y los rezos de noche en Marruecos, la historia del mundo en Berlín, la tristeza infinita en Hiroshima y la grullas de esperanza, las noches frías y la migraña por altura en Bogotá, el aeropuerto sauna de Panamá, la neblina de Xalapa y la lluvia de Cuetzalan, las hojas de otoño en las calles de Madrid, las noches de mercado de Navidad en Estrasburgo, Abbey Road acercándose a la Tardis en Londres, las papas fritas con mayonesa de Bruselas, los canales de Ámsterdam y los trenes de La Haya, las esculturas en Copenague, las cenas de Navidad en Florencia, los bares de Sao Paulo y la Real Biblioteca de Río, los miles de pasos la primera vez en Nueva York y los lugares reconocidos a la vuelta, el agua helada en los pies de ese paso por Salem, los recuerdos de esas semanas en Boston, las idas y venidas al sur con papadzules incluidos, Valparaíso con sus grafitis y su luna llena, Washington y Sevilla con sus guías de turistas y Granada con la nieve en las montañas, el mar en Edimburgo, las sopas de Glasglow y la Catedral que guarda siglos y siglos en sus paredes, Los Ángeles y el curry verde, San Francisco y sus contrastes, la exposición en su museo que engañaba la vista, los encuentros con el pasado en Izarra, Ensenada y sus sonidos de olas contra las piedras, San Diego la perfección que puede ser un error y el beisbol cerca del mar, Dublín y "la chica del tren" en un bar de hostal, Puebla con su biblioteca, Monterrey con la distopia en un museo, Querétaro y el amor a distancia, Atenas y los filósofos que susurran en el Partenón, Lima y el puente de Chabuca, el castillo de Trujillo escondido entre las nubes, la pirámide del adivino, Van Gogh por los museos, las surrealistas en el Reina Sofía, Busapest y el violín junto al Danubio, Toronto y volver de noche sola, segura, Malinalco y los viajes del pasado y la gente que llega para quedarse, San Cristóbal siempre desde antes de llegar y Palenque con sus pirámides aún bajo la tierra, el calor insoportable del aeropuerto de Miami, la noche helada en el río de Providence, la pizza en Chicago, el cliché hecho amor, Los Cabos y el amor en la orilla del mar, Villahermosa y su pejelagarto doble, Michoacán, el coche prestado, el coche descompuesto, el aventón de un pueblo a otro, Milán y los martinis, Boloña un paso sorprendente, San Sebastián siempre, siempre por volver, Aveiro con las dunas y sus casas de colores, Braga y los mil escalones, Santander y Fuente Dé, Valencia los roadtrips y la ciudad de las artes, Nikko el lugar en donde el viento aún se escucha en los árboles, el viento de Totoro, el viento que dice que todo estará bien, que solo son cambios, que vendrán más recuerdos, que viviremos nuevos cada día, que seguiré viviendo los que aún no suceden mientras los imagino, mientras los espero.


6.12.19

[AIG 2019] Quesos felices y recetas que probar


Por fin puedo sentarme a contarles las cosas lindas que llegaron de parte de mi AIG este año. Mi Amiga Invisible Gastronómica este año fue Alicia de Sabor a Fresa, LA organizadora (sí con mayúsculas). Muchísimas gracias por la dedicación y el tiempo a los regalitos, las fotos no hacen justicia. 

Antes de describirles lo que me ha enviado, les cuento que yo hubiera querido enviar más cositas mexicanas a mi AIG y sobre todo cosas hechas a mano, pero esto de estar en un espacio similar a un no-lugar no me dejo llegar a tanto como hubiera querido, de cualquier modo lo envié con mucho cariño y espero que le haya gustado.

Ahora a los regalitos, lo que más ilusión me hizo, no por que lo demás no me haya gustado mucho fue el queso que está delicioso, en verdad muy bueno y NLE lo confirma (hace tanto no escribía esto :) ) Así que si ven pasar por ahí este quesito no lo dejen ir.


La otra cosa que me encantó fue el libro de Lorraine Pascale, casi no tengo libros de comida, conste que dije CASI, y las recetas de Lorraine siempre me han llamado la atención. Su programa lo he seguido en ocasiones y me parece interesante su propuesta así que contenta.


Después, Alicia me ha enviado unas galletas hechas por ella, DELICIOSAS, necesito la receta Alicia. Muy bonitas y detalladas, en verdad lo agradezco. Incluyó unos bombones, servilletas navideñas y... 


Finalmente, un cortador súper lindo en forma de de calaverita y uno de muñeco de jengibre.

                              

Así que gracias por organizar de nuevo este AIG que me encanta, fue un gusto coincidir para poder jugar y ojalá que el año que viene se haga de nuevo y que muchas retomemos este camino de los blogs que siguen siendo un lindo espacio en este red que se mueve y cambia constantemente.



20.11.19

[AIG 2019] Estamos de vuelta

Quienes tenían esa adorable costumbre de seguir mi blog tal vez recuerden que existía este maravilloso intercambio llamado AIG (Amigo Invisible Gastronómico). No es contaré toda la historia, pero sí menciono que comenzó con BEA en 2008 y  que cuando viví acá participé tres años y uno desde México. Siempre felices coincidencias. 

Este año que por casualidad estoy en Madrid, decidí volver. Somos pocas, pero será que ahora Instragram se lo lleva todo y que los blogs "son muy años 2000", pues será, pero mi blog siempre ha sido ese espacio feliz, así que me da gusto volver con el pretexto del AIG.

Acá algunas entradas de años anteriores: 2011, 2012, 2014. En su momento estaban estas otras entradas (1 y 2) que, según yo podrían ayudar a mi AIG, pero como voy tarde las pongo por el cariño y no por ayudar, ya que es posible que ya venga en camino algo lindo. Por cierto, que leyéndome nueve años después de haber escrito alguna de esas entradas, me distingo, me encuentro, pero sí, sí he cambiado.

Así que venga el AIG, que aparezcan los recuerdos y los reencuentros, con el blog, con los espacios y conmigo misma. Y, gracias a Alicia por mantener vivo este lindo espacio.




28.12.18

[Japón] Nikko, los templos hermosos en el bosque

Estaba pensando cuál era la mejor forma de hablar sobre la comida en nuestro viaje a Japón y no en definitiva después de darle vueltas durante la mañana no encontré la forma ideal. Pensé en mecionarla toda en un solo post, luego en ciudades, en orden, por temas..., pero nos comimos tanta cosa fotografiable y deliciosa, conocimos lugares perfectos y hermosos. Así que empezaré por ciudades incluyendo comidas y con mención a la del avión, sí a la del avión. Así que por falta de costumbre, debido a mi ya muy reconocida falta de presencia en este blog comenzamos por lo más pequeñito: Nikko.

Cuando pasamos meses planeando el viaje teníamos algunas decisiones que tomar sobre qué ciudades conocer y cuánto tiempo invertiríamos en cada una. Una de las decisiones que me llevó más tiempo y para la que leí todos los comentarios posibles de internet fue si visitar Nikko o Kamakura, las dos son ciudades cercanas a Tokio. Nikko fue la decisión tomada.


Nikko está a unas dos horas en tren desde Tokio. No es una ruta sencilla, hay que tomar entre dos y tres trenes. El último de ellos un tren antiguo que no es muy frecuente. Sus asientos de madera y tela roja son, sin duda inspiración para Miyazaki. Al llegar a la estación de tren de Nikko se puede subir caminando a la zona de los templos, pero el camino es largo y lo de subir es en serio, mi recomendación es subir en los autobuses que hacen recorridos a través de la zona turística y luego pueden bajar caminando hasta la estación -aunque nosotros nos bajamos en el puente y el resto caminando-.


Sin duda lo impresionante de Nikko son los templos, los laqueados detallados en cada uno de ellos y que están rodeados por un bosque perfecto. Un día en Nikko es suficiente para ver lo básico, pero tal vez sea una buena idea quedarse en uno de sus onsen y recorrer con calma cada uno de los sitios.

En los templos de Nikko, como en muchos otros que conocimos no se puede tomar foros en los lugares sagrados donde aún se practica culto o en los que hay reliquias valiosas. Y, recuerden quitarse sus zapatos, siempre o casi siempre hay zapateras a las entradas, pero si no quieren dejar sus preciados zapatitos pues carguen una bolsa para ponerlos cuando se los deban quitar.





Nikko, como decía, tiene muchos templos el más importante e impresionante es el templo de Toshogu, que se construyó como el puente entre 1610 y 1620. Algo interesante de este templo es la cantidad de animales desde los famosos monos que no ven, oyen o hablan, elefantes, dragones de todo tipo, grullas, tigres y más. Lo siento, pero sí pensé en Kung-fu panda por un momento.

Una vez que se llega al mausoleo de Tokugawa Iemitsu se puede ver el bosque y algunos de los templos desde arriba, son cientos de escalones que una japonesa se dio a la tarea de subir y bajar con un chelo cargando a su espalda. 





Comer no fue tarea sencilla, fuimos un día entre semana y aunque había turismo muchos de los lugares estaban cerrados. Así que como en múltiples ocasiones de este viaje nos salvó Google y sus recomendaciones. Terminamos en un lugar turístico, pero no trap tourist en el que comimos rico mientras dejábamos letreritos sobre el futuro de México en una de las cientos de post-it que adornan las paredes del lugar. El nombre por si acaso: Hippari-Dako y esta en la calle principal de Nikko.

Lo que me queda claro es que me comí todas las gyozas posibles que encontré por Japón, que incluso en alguna ocasión que les contaré espero pronto, pero ya no digo nada, nos formamos por casi dos horas para probar unas de las que tenía en mi lista de lugares a los que debíamos ir.




Cuando caminamos de bajada, hacía ya bastante frío, al final estábamos en medio del bosque. La calle principal la estaban arreglando y no puedo evitar mencionar las máquinas. Eran máquinas de construcción miniatura, adorables. 


Una de las cosas que hay que hacer en Nikko es subir al mauseolo y escuchar el aire entre los árboles gigantes, así como si tratara de escuchar a Totoro.